Mira y Opina

Mira y Opina

Usamos cookies propias y de terceros que entre otras cosas recogen datos sobre sus hábitos de navegación para mostrarle publicidad personalizada y realizar análisis de uso de nuestro sitio.
Si continúa navegando consideramos que acepta su uso. OK Más información | Y más
Mostrando entradas con la etiqueta Artículos curiosos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Artículos curiosos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 29 de julio de 2015

EL ORGULLO por David Trueba

La marcha del orgullo gay y el referéndum griego se erigieron en un mismo fin de semana en expresiones distintas de un mismo impulso. Aún se sostiene una discrepancia entre las distintas valoraciones de la palabra orgullo. Los diccionarios advierten de que pueden confundirse la arrogancia, la vanidad y un exceso de estimación propia, con ese otro orgullo que nace de causas nobles y virtuosas. Las madres les decían a sus hijos que no fueran orgullosos y sin embargo, cuando traían buenas notas a casa, no disimulaban el orgullo que sentían por ellos. Y así hemos ido apreciando y despreciando el orgullo hasta que Faemino y Cansado mediaron en la discordia titulando su comedia con el expresivo lema de “El orgullo del Tercer Mundo.”

Las marchas del orgullo gay cobraron un sentido absolutamente defendible cuando estaba en juego la dignidad de las personas. Este año hemos celebrado los 10 años de la aceptación del matrimonio gay en España, pero nadie de los que se opusieron con ahínco, insultaron a los promulgadores de la ley y a los defensores civiles de la reforma, ni tan siquiera los que llevaron su prejuicio al Tribunal Constitucional para que negara la igualdad, hayan pedido excusas por su cerrazón. El tiempo tiene la curiosa virtud de imponer su ley pero nunca nos regala a un tipo que reconozca públicamente que se ha equivocado. Es tan complicado que solo das con él si sus excusas responden a una estrategia de imagen urgente y dictada por la supervivencia pública.

En Estados Unidos, ha tenido que ser el Tribunal Supremo quien intervenga para someter a la fuerzas represoras a un cierto orden lógico. Esto significa que el mundo aún necesita de las expresiones de orgullo de quienes son marginados para acabar de concederles un espacio en el que sentirse libres. Ningún avance es fácil, así que casi todos requieren de presión social y las causas nobles encuentran su mejor aliado en un punto de arrogancia y de indómita resistencia. En la votación griega, más que cualquier detalle concreto, se solicitaba al votante un gesto público de su repulsa a sentirse pisoteado, desdeñado e ignorado en la batalla financiera. El orgullo de los griegos fue invitado a expresarse entre ambigüedades, pero vino a recordarle a quien corresponda que el concepto de Europa no es compatible con parte de sus ciudadanos en el desamparo, marginados de unos derechos mínimos, y que todas las cuentas son inaceptables si las personas se contabilizan como ceros a la izquierda.

viernes, 8 de mayo de 2015

EL PELIGRO DE LO QUE TE PROTEGE por David Trueba


Todos los que se relacionan con la medicina saben que muchos medicamentos te curan un mal pero pueden causarte otro. No es fácil encontrar un remedio que no contenga sus peligrosas contraindicaciones. Hace poco sufrimos la conmoción del vuelo de la marca barata de Lufthansa derribado por el propio copiloto. Para muchos, el dato con menor morbo fue el de saber que si no se hubieran extremado las medidas de seguridad en los vuelos tras los atentados del 11-S en Norteamérica, cuando los aviones fueron utilizados como bombas, la tragedia podría haberse evitado. Si la puerta de la cabina no se bloqueara hasta hacer imposible que alguien acceda desde fuera sin la autorización del interior, el copiloto suicida no habría quizá logrado arrastrar en su crisis psicótica a tantos inocentes. Ninguno de los lamentos solucionará lo ocurrido, pero sí puede ofrecernos una perspectiva general sobre los miedos ciudadanos. El bloqueo de puertas fue una medida urgida por el pánico, ahora se reformará con nuevas variantes, hasta la próxima tragedia.

El avance del terrorismo de coartada religiosa está machacando las regiones árabes, a las que castiga con la muerte directa de miles de inocentes, pero también con el hundimiento de sus propuestas de democracia y el sabotaje de sus economías basadas en el turismo y la apertura a los extranjeros. Se trata de una batalla de costumbres y por tanto ataca a todo aquello que representa progreso y modernidad. Cuando destruyen las riquezas milenarias, las piezas de valor histórico, lo que intentan es inventar un mundo que nazca a su antojo, en la fecha que marca la religión como origen de todo. La primera reacción internacional es la de bloquear las puertas. No permitir el acceso. Pero quizá, como pasó con el avión, no sea del todo sabio proceder al cerrojazo absoluto. Incluido en el proceso de crisis económica, hay una receta reaccionaria que habla de recuperar las nacionalidades y cerrarse sobre sí mismos como solución a todo, pero quizá entonces estemos condenados a quedarnos encerrados con otro monstruo similar del que no podremos escapar.

El encierro propio convierte nuestra vida en una cárcel, quizá invisible, pero cárcel al cabo. El miedo empuja al aislamiento. Uno levanta las vallas más altas, pero llega un día en el que no es capaz de traspasarlas y además se ve rodeado de los mismos peligros que pretendía evitar. Es una irónica victoria del enemigo. Sería bueno reconsiderar que el riesgo no se vence solo con la protección y que a cada medida le acompaña su propia contraindicación. El sentido común nos dice que la tragedia del copiloto alemán solo se podría haber evitado desde un grado de comunicación personal más directo entre las tripulaciones y la empresa, entre una mayor confianza, humanidad, cercanía. No con puertas bloqueadas, sino con diálogo, transparencia y familiaridad. He ahí un buen ejemplo para que no nos condicionen tanto los miedos, que no nos condenen a un aislamiento mayor. Nunca vamos a evitar todos los peligros, pero no destruyamos, en ese ataque de pánico, aquello que aún tenemos que preservar. De largo, la mejor receta para encarar los problemas entre seres humanos no pasa por deshumanizar la sociedad y nuestras actividades, sino por tratar de humanizarlas un poco más.

viernes, 3 de abril de 2015

EL FUTURO EN UNA PEONZA por David Trueba

Tengo un amigo que ha criado un hijo bien particular. Desde muy corta edad muestra rasgos de personalidad en desuso. Me divierte la capacidad de observación del niño, capaz de hacerme ver lo ridículo del mundo de los adultos. Un día me dijo que no entendía por qué los padres que se pasaban pegados a su teléfono móvil todo el rato siempre andaban pidiendo a sus hijos que dejaran un rato el móvil. Hace tiempo me contó que en su colegio habían prohibido jugar al balón en el patio, porque a veces la pelota saltaba la valla e iba a parar a la calle o a alguna finca vecina y para evitar molestias habían optado por la prohibición. La semana pasada me contó que la peonza de un compañero había rebotado contra el suelo y le había causado un corte en la cara a otro niño que andaba cerca. Así que el colegio, un liceo público con atesorado prestigio, había decidido prohibir el uso de las peonzas en sus instalaciones.

El niño, que tiene 10 años, redactó una carta divertida en su intento por ser moderado y razonable. En ella hacía ver al director del colegio que la prohibición era abusiva y equivocada. La pasó a firmar por el patio y sus compañeros se sumaron masivamente. Hasta que un niño de su clase prefirió no hacerlo. Cuando los demás le preguntaron que por qué no quería firmar, el chico se excusó. No quiero que figure en mi expediente académico y que me sea perjudicial el día de mañana. Pese a la ausencia de esta firma, la carta llegó respaldada por el grueso de los alumnos al despacho del director. Aún no tienen respuesta. Pero de toda esta historieta hay dos cosas bien interesantes. La primera es ese niño de diez años reacio a firmar junto a sus compañeros, alguien a quien sus padres a tan corta edad ya han logrado inocularle la insolidaridad pusilánime de los adultos. La tradicional cobardía que se desarrolla algo más tarde en los humanos, cuando consideran que lo que tienen que perder siempre es más que lo que tienen que ganar. Buen trabajo, papis.

Pero quizá más grave es la vocación prohibicionista de los colegios. La incapacidad de las autoridades escolares por imponer un orden sin caer en el absurdo. Los centros educativos son el primer modelo de sociedad donde el niño se forma junto a la familia. Tantas familias son ya un oasis de hijo único que el colegio adquiere aún más relevancia. Prohibir la pelota y las peonzas y el cambio de cromos y la comba y así hasta la enésima estupidez provoca la sumisión perezosa, la incapacidad para aceptar el accidente, el conflicto, las difi

cultades de organizarse como mundo. Potencia la represión, lo autoritario e inflexible. Por eso el niño que capitanea la rebelión razonada de sus compañeros me resulta tan ejemplar. Frente a un mundo individualista y reaccionario, que se preserva en parcelitas controladas y perfectamente archivadas por generaciones, gustos, cualidades, la reivindicación del placer y el juego es fundamental. Frente a las pantallitas, que son el más radical aislamiento, un niño que emprende cualquier esfuerzo colectivo, que capitanea la relación entre escolares y autoridad, es la única esperanza de mejora que se aprecia en el horizonte. Veremos si el director del centro escucha su reivindicación.

jueves, 5 de febrero de 2015

LO NUEVO Y LO VIEJO por David Trueba

No deja de ser fascinante la capacidad del ser humano para unificar lo más avanzado con lo más tradicional. Lo pienso siempre que veo a uno de mis mejores amigos sacar su móvil con un protector que reproduce una vieja cinta de casete. O a ese otro al que se le desprendió una de las teclas y la lleva pegada con un papel celo. Pero esta demoledora verdad está presente en miles de detalles. Sucede en todos los aeropuertos donde la gente se hacina en los mostradores de atención al cliente cuando todas las máquinas han fracasado en sus gestiones. O cuando te cruzas por la calle con alguien que discute con una voz automatizada en el servicio de reclamación de cualquier factura y reclama a gritos que le atienda un ser humano. O cuando alguien cuelga en internet su desfile de nazareno. El que vuelva a ponerse de moda el vinilo no sorprende a los que siempre presentimos que el Super 8 se seguiría usando pese a los nuevos modelos digitales o entre quienes aprecian una fotografía Polaroid pese a todos los avances y retrocesos a los que somete la industria a tu afán por guardar recuerdos. Así, han regresado con fuerza las postales cuando están languideciendo los servicios de correo y florecen librerías pequeñas y acogedoras cuando el reinado de Amazon ha destrozado las de tamaño más grande.

Algo sospechábamos de todo esto cuando la música grabada no significó el final de los conciertos en directo y cuando la televisión no acabó con el cine ni el cine con la radio ni internet con los cuadernos. Ahora nos cuentan, porque profetas hay en cada era, que el periódico en papel va a desaparecer, pero guardamos un escepticismo prudente. No vaya a ser que pase como con el cine español, que cuando ya estaba muerto y enterrado resulta que puso en el mercado la película más taquillera de su historia. El único consejo sabio que he recibido en cuanto a este desequilibrio entre el porvenir y el pasado me lo dio un tipo que me dijo: lo mejor es mirar y divertirse.

Últimamente oímos a mucha gente hablar del dinero virtual y ofenderse porque uno, después de escucharles con atención, saque un billete arrugado de 10 euros para pagar las cañas. Más lamentable es leer cómo en multitud de establecimientos pronto se aceptará pagar con el teléfono móvil y un rápido deslizamiento y, sin embargo, comprobar que cada vez hay menos comercios que aceptan las míseras tarjetas de crédito. Al parecer quieren ahorrarse la tasa y uno llega a cualquier aparcamiento y lo primero que ve es un cartel bien rústico que dice que solo se acepta el pago en metálico. Con lo que se infiere que el mundo avanza a una velocidad de vértigo, pero que el gusto por el dinero negro no acaba de desaparecer del todo. La subida del IVA, que ha servido para multiplicar el fraude en las facturas, que ya casi nadie solicita porque parecen un agravio, se suma a esta apariencia de modernidad. Lo hermoso son los contrastes y por eso el tiempo que vivimos resulta fascinante, porque el abanico de recursos nunca fue mayor. La pantalla táctil convive con la caca de perro abandonada en la calle y la botella de agua invertida en el macetero del balcón con los jardines verticales humedecidos por goteo. Nunca lo moderno acabó del todo con lo viejo, que siempre se cobra su fría y terca venganza.

viernes, 5 de diciembre de 2014

SI ME NECESITAS, SILBA por David Trueba


Tengo un amigo que dice que vivimos en tiempos de oídos muy sensibles, en los que no somos capaces de escuchar idioteces sin sentirnos indignados en lugar de aceptar con naturalidad que alguien ha dicho una insensatez. En lo que afecta al sexismo y al racismo, si alguien dice una inconveniencia y trabaja para una marca que teme el castigo comercial, se despide al tipo y a otra cosa. Si el estúpido comentario proviene de la boca de un político, es diferente. Ahí tenemos el ejemplo del alcalde de Valladolid, que volvió a rebasar la línea al decir que temía que las mujeres fingieran violaciones cuando comparte con ellas un ascensor. Si en vez de alcalde hubiera sido empleado de Coca-Cola, lo ponen de patitas en la calle.

Cualquier polémica que nace de unas declaraciones fuera de tono debería tener un valor mucho menos trascendente que las acciones. Hacer algo dañino para las mujeres o los inmigrantes, las minorías o los minusválidos debería estar más castigado que decir algo. Es peor quitarles la tarjeta sanitaria que decir algo grosero contra los inmigrantes. Pero las acciones siempre andan disimuladas y no tienen tanta visibilidad como una frase grabada a micro abierto. Pero vayamos a dos ejemplos muy distintos que amplían los márgenes de la polémica. Durante el Mundial de baloncesto fue despedido el animador de cancha por un comentario. Al parecer, cuando las chicas del conjunto de animadoras terminaron de bailar un tema de Enrique Iglesias que repite machaconamente la frase "yo quiero tener contigo una noche loca", el animador peruano exclamó por la megafonía que a cualquiera le gustaría pasar la noche con una de ellas. A todo el mundo el comentario le pareció sexista, tanto es así, que el vocero perdió el trabajo. No lo perdió Enrique Iglesias ni tampoco el que inventó la institución de las 'cheerleaders', pese a que alguien podría alegar que existen pocas canciones que no insistan sobre el deseo de fornicar con alguien atractivo y tampoco se conocen muchas agrupaciones de animadores masculinos.

A la muerte de la maravillosa Lauren Bacall leí en alguna crónica que había pasado a la historia por una frase que le dirigía a Bogart en 'Tener y no tener': "Si me necesitas, silba". Pero el redactor no se ahorraba añadir que hoy en día esa línea habría sido considerada sexista y no habría podido pronunciarse en una película. ¿De verdad? Resulta chocante una inquisición tan notable sobre el pasado y el presente. Las películas retratan la vida privada de los personajes, y en esa esfera pueden comportarse como convenga en aras de la credibilidad, el drama, la pasión o el argumento, incluso para expresar con claridad el mensaje que se quiere transmitir, si alguien es aficionado a mandar mensajes por medio del arte. Solo falta que el actor o el director tengan que disculparse por los comentarios del personaje. Imaginen a Coppola teniendo que aclarar que los asesinatos de 'El padrino' no expresan su actitud vital ni la de Al Pacino. ¿Somos imbéciles? ¿Caminamos acaso hacia la sobreprotección de la esfera pública? ¿Vamos a tolerar que se creen dos dimensiones paralelas entre lo real y lo correcto? Lo maravilloso de que alguien diga una idiotez es que nos posibilita identificarlo como un idiota. Debemos agradecer que los imbéciles se expresen como imbéciles para poderlos desenmascarar más rápido. Pero no contaminar con una protección excesiva la vida real, porque nos llevará a prohibir canciones, frases, títulos de libros. Y habremos creado una sociedad monstruosa creyendo que nos hacíamos un favor.

viernes, 7 de noviembre de 2014

PON UN TACÓGRAFO EN SU VIDA por David Trueba

Aun acosada por la decadencia, Francia siempre resulta ejemplar en muchas cosas. La última de ellas, entre un largo rosario de gestos y reformas que pueblan su legado a la humanidad, ha sido la de ser el primer país que legisla sobre el uso del móvil y el ordenador personal en ciertas empresas. Conocida la expansión del horario laboral por medio de las nuevas tecnologías, los legisladores franceses han apreciado que hay diversas profesiones en las que los trabajadores tienen que prolongar sus esfuerzos laborales en horario casero, con la obligación de mantenerse conectados a la oficina o al proyecto empresarial. Así, han determinado que los móviles de empresa tendrán que desconectarse unas horas al día para permitir el descanso de los trabajadores. Un poco a la manera de los conductores de autobuses, que tienen que presentar a las autoridades viales esos tacógrafos donde se registra de manera objetiva el tiempo que llevan al volante. Nadie sabe demasiado bien si la medida, que afecta a consultores y trabajadores de empresas tecnológicas, y que ha sido impulsada por los sindicatos con el acuerdo de multinacionales como Deloitte, Google, Facebook o PwC, será seguida de manera rigurosa.

El descanso francés, como podríamos llamar a esa obligación de desconexión de 11 horas, puede ser el primer reconocimiento legislativo de un problema mundial. Nadie duda de que el teléfono inteligente es un avance tecnológico sin igual que ha transformado la sociedad. Condiciona la vida, la moda, el consumo y hasta la forma de caminar y comportarse. No hay apenas nadie que no acarree un móvil en su vida diaria. Pero es también innegable que el aparato es un arma maravillosa de dominación y control. Entre las pocas personas que conozco que no tienen aún teléfono móvil, aunque suelen utilizar el de los de alrededor, como aquellos fumadores que dejan de comprar tabaco y sobreviven con la caridad ajena, siempre hay un argumento que resulta muy convincente. El móvil es un instrumento de libertad para ser jefe, pero un elemento de sumisión y esclavitud para los empleados. Localizados, controlados y asediados por su actividad profesional, lo que la hiperconexión ha tenido de comodidad también lo ha tenido de exposición laboral.

Grillete para mucho empleado, que se ve atenazado por su jefe o por su empresa durante todas las horas del día a golpe de llamada, mensaje o mail que requiere respuesta inmediata, va siendo tiempo de plantearse en serio una legislación adecuada. Los franceses han colocado la primera piedra, como han hecho otras veces, para desesperación de los apóstoles de la explotación humana, pero tiene que ser el propio afectado quien se dé cuenta del grado de exposición y esclavitud que le genera una conexión permanente. Analfabetos en un mundo que nos supera, seres medievales en pleno futuro, hemos caído en la tentación del abuso, abrazados a la cara amable del producto. Pero aún somos ingenuos para responder al desafío que implica recuperar la libertad, el anonimato, la desconexión y el placer de dejar de existir durante unas horas al día para esa cosa llamada sociedad y que suele querer decir "el jefe".

martes, 2 de septiembre de 2014

"VIEJAS RECETAS PARA ADICCIONES NUEVAS" por David Trueba

Hemos leído que las autoridades han alertado por medio de mensajes en los teléfonos inteligentes y las redes sociales de los peligros de las drogas. Siempre nos sorprenden estas campañas de concienciación pública que ponen en marcha los gobiernos. En general, suelen ser una riada de dinero publicitario para los medios. Pero en este caso puede que ahorremos un poco, aunque no mucho, al elegir un soporte menos costoso. No olvidemos que también se prima un canal porque interesa engordarlo de valor. En este caso, la excusa es que se trata de impactar a los jóvenes, y para ello se eligen los canales que frecuentan. Porque hemos conseguido que no fumen, pero el consumo de drogas de diseño se dispara, quizá porque a ese mercado no le llegan las subidas de tasas ni de IVA ni se han podido ilustrar sus cajetillas con imágenes de pulmones destrozados y fetos ahumados. Pero lo sorprendente es elegir un canal que está causando las mayores adicciones contemporáneas, para prevenir de otras adicciones tan dañinas.

Esto recuerda mucho a cuando se prohibió que en eventos deportivos y camisetas de equipos pudiera lucirse publicidad de tabaco y alcohol. Inmediatamente fueron sustituidos por anuncios de casas de apuestas y países dictatoriales pero ricos en petróleo. Es decir, que considerábamos la ludopatía y la cleptocracia hábitos mucho más dignos que el alcoholismo y el tabaquismo. Bueno, cada época tiene sus vicios. O, mejor dicho, toda época celebra como virtudes lo que en el futuro será considerado un vicio. Y el descaro y la doble moral son los dos grandes valores de la sociedad actual, así que son celebrados en cada decisión del poder. Porque anunciar los peligros de las adicciones en los teléfonos móviles es como anunciar en las papelinas de cocaína que fumar es perjudicial para la salud. Como si en las jeringuillas de los yonquis se incluyera una advertencia de que el alcohol es malo para el hígado. Como si junto a la pastillita de éxtasis se le obligara al camello a repartir un folleto contra las grasas y azúcares de los menús de comida rápida.

Lo que sería más honesto es que las autoridades advirtieran a través de los teléfonos móviles de la peligrosa adicción a los teléfonos móviles. De la saturación inconsistente de una enorme masa social que se deja los ahorros en algo prescindible y que ha cambiado sus hábitos de vida para enfrascarse en el déficit de atención, las relaciones de sometimiento y la esclavitud a fenómenos nuevos de la era de la comunicación como la falta de pudor y el enganche a la conexión perpetua en la Red mientras se sacrifican el contacto personal y los valores colectivos. Toda droga contiene placeres y ventajas, sería estúpido negarlo, de lo que se trata es de percibir sus peligros antes de lanzarse al consumo. En eso consiste la libertad, en poseer cuanta más información mejor. Es esa sesgada estupidez de los avisos de la autoridad lo que enciende las alarmas. Llegan siempre dos generaciones tarde con sus advertencias bienintencionadas. Pero quizá la verdad sea mucho más compleja que un mero retraso para tomar el pulso a la realidad y tenga más que ver con el negocio puntual de cada época, ese lucrativo rincón que nunca hay que tocar cuando nos deja sus réditos más sustanciosos.

sábado, 2 de agosto de 2014

"PROHIBIDO SABER QUIÉN ERES" por David Trueba

Los americanos tienen un dicho cruel para los directores de cine que consiste en sostener que en el momento en que les dedican un libro a su obra no vuelven a hacer una película buena. Nadie sabe cuándo arrancó esta superstición, pero sí me consta que el vitriólico guionista William Goldman aseguraba en su maravilloso libro 'Aventuras de un guionista en Hollywood' que las entrevistas de Truffaut con Hitchcock eran una obra maestra, pero que después de su publicación Hitchcock no había vuelto a hacer una gran película. Puede que, como todas las sentencias, tenga algo de cierto y mucho de generalización excesiva. Pero en el poso de verdad que contiene hay una esencia interesante. La conciencia de sí mismo, en un autor, suele llevar a la pérdida de la intuición y a la sobreexplotación de la firma. Si, efectivamente, Hitchcock, después de ser reconocido como un autor con sus obsesiones particulares y recurrentes, en lugar de un vulgar artesano comercial de género, terminó haciendo películas que eran más imitaciones de películas suyas que películas suyas, otro tanto podría decirse de Fellini o hasta de nuestro maestro Berlanga, cuyas últimas películas parecían una película de Berlanga en lugar de serlo.

Hace poco vimos la última película de Wes Anderson, 'El gran hotel Budapest', y sirve de ejemplo perfecto. Recibida con ditirambos por la crítica, se convertía más en una expresión de firma y guiño para iniciados que en una película disfrutable para quien se sienta a verla sin las claves naturales del autor. Lo que en la anterior, 'Moonrise Kingdom', era sinceridad y ternura, en esta era diseño de producción y ráfagas de estilo. Inspirada epidérmicamente en los relatos del escritor Stefan Zweig, sin lectura profunda y reposada, resulta más una exhibición de firma que otra cosa. Pero más allá del caso concreto de un autor sobre el que acababa de publicarse el primer libro dedicado a su obra, curiosa coincidencia, la magnitud del problema afecta a todo artista. La excesiva conciencia de sí mismo provoca una fidelidad equivocada, una especie de dictadura de su propio ser, donde salirse del sello despierta dudas y desamparo. La sumisión es comprensible: en muchas ocasiones el esfuerzo ha durado años hasta hacerse con un nombre, entendido como un marchamo reconocido por muchos.  

La reacción correcta consistiría en ignorar ese paso adelante, que tiene que ver más con el márketing que con la realidad. Podemos admirar a Scorsese o Tim Burton o Polanski, pero estaríamos ciegos para no ver en qué medida su última década tiene más de emulación de sí mismos que de nuevos logros. Si esto le pasa a autores grandes, imagínense a quien cae en esta autoparodia sin haber alcanzado la gloria ni la cota de perfección. Si Huston logró hacer en su última época grandes películas fue porque en ese estadio de su carrera carecía de reconocimiento de firma y hasta de prestigio, lo cual le otorgó más libertad que ataduras. Buñuel en Francia fabricó películas de Buñuel no siempre a la altura de aquellas películas que surgían espontáneas con materiales de derribo en su aventura mexicana, poblada de obras maestras. Sería largo llenar de ejemplos fallidos este recorrido por la autoconciencia. Lo interesante es resumir la actitud correcta como un negarse a sí mismo, enfangarse en lo desconocido, no temer decepcionar. Y, por encima de todo, recordar que cuando arrancas con una obra nueva debería estar prohibido saber quién eres realmente.

domingo, 13 de julio de 2014

"HIMNOTIZADOS" por David Trueba (Observa de donde proviene el himno español)

Tengo un amigo que sostiene que los únicos himnos nacionales que merecen la pena son aquellos que pueden ser cantados en estado de completa embriaguez. Mi amigo es posible que asocie la explosión patriótica con un estado de enajenación y por tanto relacione el himno con la euforia etílica. De hecho a los muy nacionalistas siempre los llama “himnotizados”, en un juego de palabras muy suyo que le sirve para evidenciar el afecto hipnótico de los hombres cuando les agitan la patria delante de los ojos. Para otros estudiosos más sensibles, estas composiciones musicales ofrecen un campo de especulación ilimitado. Si mi amigo tuviera razón, aparte de 'La Marsellesa', que es casi un himno universal, el otro himno más acorde con las efusiones estupefacientes sería el 'Asturias, patria querida', que muchos españoles cantan sin importar su origen regional cuando aspiran a transmitir su identificación con la alegría de vivir, ese patriotismo líquido y universal procedente de la viticultura. Por lo demás, los himnos siempre ensalzan la categoría del país sobre el resto del mundo, 'über alles', e invitan a la resolución de cualquier conflicto por el camino más bestia y sanguinario: 'aux armes citoyens'.

En el caso del himno español han sido antológicas dos anécdotas. La última fue aquella carrera urgente e irreflexiva por ponerle letra. Angustiados por la ventaja lírica de otros países, y después de intentos desgraciados, nuestras mentes más brillantes convocaron un concurso para luego dejar en la estacada al humilde ganador. Descubrieron con demasiada tardanza que para poner de acuerdo a un país como España se necesitan más convicciones que un concurso. La otra anécdota, muy poco estudiada, es aquella que concedía derechos de arreglista al músico murciano Pérez Casas y que permitía a sus herederos recaudar unos discretillos emolumentos cada vez que sonaba en público el himno, lo que convertía cada celebración, desfile y final deportiva en un raro cruce de intereses privados y nacionales. Después de años de surrealista situación, se llegó a un acuerdo económico refrendado por el BOE para la explotación de la Marcha Real sin eterna compensación recaudatoria.

Pero hace pocas semanas, viajando por países árabes pude comprobar que muchos de sus ciudadanos más cultos dedican cierta sorna a comentarnos que nuestro himno parte de una composición de finales de siglo XI, obra de Ibn Bayyah. Un poco ofendido por mi escepticismo, uno de mis anfitriones árabes, con el familiar apellido de 'Ammor', me hizo escuchar en YouTube la interpretación del tema árabe, una nuba andalusí, y lo cierto es que la evidencia era incuestionable. Al ser además Ibn Bayyah un intelectual de origen saraqustí, perteneciente a la taifa zaragozana, encontré una cierta justicia poética y baturra en el hecho accidental de que cuando los españoles festejamos la escucha de nuestro himno nacional, gracias a esta relación sonora, en realidad reconocemos el mestizaje de nuestro país, sus hondas raíces de mezcla de razas y culturas. Es hermoso pensar que debajo de la fanfarria cuartelera late un crisol de culturas y religiones en deuda con tantos intelectuales como Avempace, nombre con el que conocíamos a Ibn Bayyah, reunidos bajo la radiante belleza mudéjar de los arcos del Palacio de la Aljafería.

viernes, 9 de mayo de 2014

LA VIDA PÚBLICA por David Trueba

Tengo un amigo un poco primario que cada vez que oye hablar de la res pública piensa que se refieren a un toro que te embiste cuando te haces conocido. Y aunque desconozca el significado latino de esa cosa pública, de esa esfera social, termina por tener la razón. La exposición al público es muy a menudo una faena taurina donde has de esquivar las cornadas de la mirada, la opinión y el juicio de los otros. Leyendo hace algunos meses sobre el asesinato de John Lennon, descubrí que en la cabeza de su asesino hervía algo más que la lectura enfermiza de 'El guardián entre el centeno', novela que llevaba en el bolsillo y consideraba su declaración de motivos para el asesinato. Es verdad que la narración de Salinger apunta hacia la sensación juvenil de traición y abandon
o por parte del mundo adulto, de las personas admirables. Pero en la cabeza del criminal que descerrajó a tiros en Nueva York a aquel Lennon de 40 años bullía también la lectura de un reportaje de 'Esquire' que atacaba al músico contestatario y pacifista por haberse comprado unas propiedades inmobiliarias para especular en el mercado con su fortuna económica.

En un mundo más informado que nunca, las reputaciones son complicadas de aguantar. Asistimos al funeral de Mandela con la percepción de que ya no existen políticos de esa catadura, pero nos olvidamos de que en realidad lo que no existen son los tiempos que permiten esa percepción de los personajes públicos. No faltan quienes bromean, bien en serio, sobre la posibilidad de que si Jesucristo volviera a la Tierra sería desmontado por unos cuantos reportajes incómodos. Al fin y al cabo, algo así le sucedió en su tiempo, cuando perdió por goleada la batalla de la opinión pública. No hace falta mirar hacia la ficción para observar que la sociedad actual es descreída y cínica. El desmontaje de las personalidades intachables es casi un ejercicio de cetrería, donde además se suman las lecturas públicas de las vidas privadas, la impudicia del cotilleo como una de las bellas artes y la equívoca valoración moral de lo que debería limitarse a una valoración profesional.

Con todo ello, la vida pública se ha transformado en un universo apetecible para el aspirante a famoso, el frívolo y el caradura, y sin embargo en un terreno que prefiere evitar toda persona prudente, inteligente y con estilo. He ahí un drama contemporáneo, que atañe a la política de modo directo, donde los más valiosos dan un paso atrás, pero también afecta al resto de disciplinas sociales y artísticas. Si la vida pública es amenazante y agresiva, llena de un empeño por zaherir que va más allá de la vigilancia crítica que se recomienda sostener, entonces habremos equivocado la evolución de las plataformas comunicativas con un regreso a la selva inhóspita. La vida pública tiene que ser acogedora y la exposición al escrutinio de los demás, la mejor razón para tu esfuerzo. Pero es posible que estemos perpetrando el mayor daño a la sociedad cuando abrazamos como talante crítico lo que es prejuicio dañino, insidia por deporte y sospecha permanente. Puede que solo estemos fomentando el apartamiento de los mejores de la arena compartida, dejando que los peores y mejor acorazados se adueñen del espacio colectivo. La vida pública es un reto, pero si se convierte en una tortura, todos saldremos perdiendo.

domingo, 5 de enero de 2014

ATREVERSE A NO ATREVERSE TANTO por David Trueba

Hace poco vi por la calle un anuncio de la Iglesia de la Cienciología. En tiempo de crisis económica, las iglesias, que son empresas que comercian con la ilusión, se apoyan en el ejercicio publicitario para aumentar su número de fieles. Los mecanismos de propaganda se aplican también a actividades espirituales, es aceptable. Lo que me llamó la atención es la frase que la Cienciología, como habría hecho cualquier otra, escogió de reclamo: Atrévete a pensar por ti mismo. Es obvio que lo que trata de captar es a un cliente con alta autoestima, que prefiere salirse del rebaño y optar por una religión menos al uso, aunque ya muy consolidada gracias a actores de fama mundial. También, de una manera muy sutil, pretende sacudirse las críticas y sospechas que despierta su agrupación, prohibida en algunos países europeos. Pero no se trata de analizar la publicidad de nadie, solo faltaría, sino de reparar en esa frase tan sugerente.

"Atrévete a pensar por ti mismo" es algo que oímos repetidamente. No es raro el día en que alguien nos lleva la contraria y, para justificar su opinión, se atreve a asegurarnos algo parecido: es que yo pienso por mí mismo. Como si nosotros nos limitáramos a seguir consignas que otros nos han dado. Es muy habitual también en los articulistas, que suelen tratar de ganarse a los lectores ofreciéndoles un rincón de pensamiento propio, crítico, al margen de modas y opiniones mayoritarias. Con la explosión de internet, la idea de pensamiento propio se ha ejecutado de una manera casi masiva. Entras en cualquier debate chateado y lo que encuentras es a un montón de gente que presume de que piensa por sí misma, llama borregos a los demás y considera cualquier idea distinta de la suya fruto de la manipulación burda de los medios de comunicación, los partidos políticos o, sencillamente, la incultura ajena. Vamos, que ahora mismo no queda nadie ahí fuera que no esté convencido de que él piensa por sí mismo y los demás no.

La publicidad está basada en el elogio al consumidor. Tú no eres tonto y por eso me vas a elegir a mí. Este podría ser un subtexto habitual. Pero esta invitación a pensar por uno mismo comienza a ser un tópico sobreutilizado. En realidad, la gran campaña que tenemos pendiente es la de recuperar el valor de apreciar el pensamiento de los demás. No me parece muy digno de inteligencia presumir de que piensas por ti mismo cuando en ese asunto, por ejemplo, han pensado antes que tú tipos como Einstein, Bertrand Russell, Jeremy Bentham, Wittgenstein o Woody Allen. Lo inteligente en esas disquisiciones es admirar lo que pensaron ellos y tratar de entenderlo y asumirlo como propio. El pensar por uno mismo no siempre es tan encomiable. Al menos nunca deberías olvidar que tú puedes ser un ignorante, un imbécil o, sencillamente, un ser cargado de prejuicios y supersticiones. Así que la campaña pendiente, por más que insistan, no consiste en empujar a la gente a pensar por sí misma, así alegremente, como si la inteligencia se regalara en los mercadillos, sino a investigar sobre quienes pensaron a fondo en asuntos que le preocupan. La frase publicitaria tendría que sonar así: “Atrévete a pensar”.

martes, 26 de noviembre de 2013

LOS MÁS DÉBILES por David Trueba

Tengo un amigo con el que suelo leer el periódico. Hace años que juntos miramos la prensa al unísono, casi en una rutina disparatada, donde uno lee el titular y otro entresaca un comentario, uno dispara sobre un detalle de la foto y el otro relaciona un incidente con otro y de ahí arrancamos un debate lleno de anécdotas personales y ampliaciones del asunto. Somos ante el periódico como una bestia de dos cabezas, pero esa situación nos provoca placer y a ratos hilaridad. El otro día, al leer la noticia sobre la imputación de Sarkozy por abuso de debilidad en el caso de la millonaria propietaria del imperio L'Oréal, me sorprendió que no entendiera el delito. ¿Abuso de debilidad?, preguntó en voz alta. ¿Qué es eso? No es que mi amigo carezca de preparación, sino que, bien al contrario, considera que el abuso del débil es ya una estrategia tan extendida que no puede ser delito. No hay más que verlo en la crisis, el abuso de debilidad podría ser considerado una virtud muy extendida, donde países, asociaciones, gobiernos y entidades abusan del que está en inferioridad de condiciones.

Pero en el caso que comentábamos lo más interesante no era la ironía social, que ha convertido al débil en culpable, en un perdedor que se lo tenía merecido. Sino que llamaba la atención un asunto sobre el que apenas nos detenemos a reflexionar. La desprotección de los ancianos. Mi amigo me contó que conoce a una vecina en su edificio que vive sola a pesar de sus casi 100 años. Es una mujer despierta e independiente, a quien, de tanto en tanto, ciertas almas caritativas se empeñan en engañar. Una vecina le ofreció guardarle el dinero en su cuenta, por si algún día le pasa algo, y un abogado trató de poner a su nombre los bienes, para que la herencia no sufriera interferencias del fisco. Fraudes de los que la anciana aún se supo defender, según me contó mi amigo. Pero en esos mismos días, supe que antes de morir un viejo amigo había sufrido los abusos de una parte de sus familiares, que le vaciaban la cuenta corriente y le obligaban a gastos interesados, sometido además a una especie de secuestro caritativo, donde ya ninguna decisión estaba en sus manos, ni siquiera la de recibir visitas.


La sociedad en la que vivimos, tan distinta de la tradicional, provoca situaciones escalofriantes, donde el abuso de los débiles es constante. Los ancianos son quienes más padecen esta indefensión, disfrazada en ocasiones de amor, caridad o religiosidad. La incapacidad para defenderse físicamente, para mantener un círculo de conocidos, les condena a la soledad. No existe apenas ningún mecanismo de control y salvaguarda. La triste figura de Sarkozy participando en el esquilme de la fortuna de una ancianita para recaudar fondos para el partido puede quedar en una anécdota sin trascendencia siquiera legal. Las pruebas serán ambivalentes, como sucede a menudo. Pero los organismos de protección social, ahora tan machacados por la crisis y tildados de lujo que no nos podemos permitir, deberían fortalecerse. Da miedo pensar lo que pueden estar sufriendo algunos ancianos tan indefensos como los niños, salvo que ellos no cuentan siquiera con que el futuro se ponga de su lado.

domingo, 29 de septiembre de 2013

EURÍPIDES Y LA POLICIA DEL CORAZÓN por David Trueba

Se viene advirtiendo desde años atrás. La sangrienta carretera de la violencia doméstica se inclina hacia una curva dramática: los hijos. Cada vez más, en la espiral de violencia que se desencadena cuando llegan al final ciertas relaciones sentimentales, los que pagan con su vida son los hijos de la pareja, sacrificados por la parte que quiere hacer más daño, en una versión lamentablemente contemporánea de aquello que Eurípides dejó contado sobre Medea y su venganza contra el abandono de Jasón. Los griegos, que más o menos pusieron las ventanas desde las que miramos la condición humana, son hoy ignorados en el plan de estudios. No son necesarios, claro, pese a que toda la tragedia cotidiana está relatada en sus ficciones, cantada en su lírica y analizada en su filosofía. Ese vacío nuestro no lo vamos a llenar con otros conocimientos más al día.

En la organización contemporánea hemos depositado en la policía y los jueces toda la responsabilidad para la salvaguarda de nuestras relaciones. Incapaces de avanzar un paso en la comprensión, la prevención, la redención, nos hemos llenado la boca de castigo. Pero crímenes así no tienen castigo. No existe compensación posible. Así que haríamos bien en encontrar alguna estrategia más inteligente para combatirlos, para que no sucedan tan cerca, al menos. Nos hemos creído que éramos capaces de crear una policía del corazón, como tenemos unidades destinadas a perseguir el fraude fiscal, los narcóticos o el cumplimiento de las normas de seguridad vial. Nos dijimos, frente a la violencia de pareja, que bastaba con crear una policía de los sentimientos y un juzgado del desamor para quitarnos el problema de encima. Y ahora nos encontramos con que por las fisuras de nuestra estrategia de aislamientos pagan con su vida niños, sacrificados en nombre de la fidelidad, las emociones, la posesión amorosa.

Abandonada la formación humanista, nos topamos con individuos que carecen de otra cosa que no sea una aritmética pragmática, donde uno más uno siempre tienen que ser dos o si no, no serán nada. Agraviados, resentidos, humillados, se sienten con autoridad para ejercer su violencia. La cultura y la formación personal, que son esa invisible potencia interior que genera una resistencia frente a la perversión y el resentimiento, la única receta conocida contra el odio, han dejado con su desaparición huérfanos al hombre. Con la cabeza llena de canciones de estribillo fácil, donde el sentimiento amoroso es un chunda-chunda que repite “tú eres mía”, “ellos son míos”, los asesinos en potencia corren a forjar una relación sentimental que está mal redactada desde el principio. Y no va a ser la ley, mero acompañante del delito, quien frene la tragedia, sino un viaje hacia dentro que comienza en casa y en la escuela, en la tele y en la calle, con valores invisibles pero sólidos, con una arquitectura de las emociones que tenga cimientos más sólidos que el discurso romántico, posesivo, religioso y de triunfo social. Exactamente basado en todo lo que hemos considerado inútil: conocer al ser humano.

martes, 13 de agosto de 2013

APRENDER A DIVIDIR por David Trueba

Tengo un amigo que sostiene que toda nuestra vida se va al carajo el día en que en el colegio nos enseñan a dividir. Quizá es un poco exagerado, pero así suelen ser las teorías de los amigos, soltadas al calor de la impunidad y los cómplices. Para él, nuestro paraíso de bondad y fe en los que nos rodean se viene abajo cuando descubrimos la fórmula de la división. A partir de entonces nos dedicamos a encontrar lo que nos distingue de los demás, compartimentamos nuestros gustos, nuestro mundo, y encontramos que ya no queremos pertenecer, sino aislarnos en el sector que nos conviene. La parte interesante del disparate que sostiene mi amigo con firmeza es la que señala la necesidad humana de encontrar divisiones permanentes. En un país como España, aunque en esto creo que no hay país que se resista a la tentación, partimos de divisiones fundamentales para ir encerrándonos en subdivisiones más pequeñas hasta lo diminuto.

El concepto de las dos Españas tiene algo de eso, de la necesidad de dividir el conjunto por la mitad. Encontramos constantemente lo que nos aleja y nunca lo que nos une, que seguramente es más fuerte y más duradero. No se trata de tener una visión pía de nuestro entorno, pero sí de resistirnos en alguna medida a la necesidad del enfrentamiento. Luego está el vínculo regional y no digamos la pasión deportiva. Al final, el mundo se divide entre los que son de tu equipo y los que no lo son, en una euforia colectiva por arrimarse a alguna fe. Y así, la división continúa entre los que creen en Dios y los que han superado tales ideas, pero prosigue entre los aficionados a los toros y los que no lo son, los que comen carne y los que no, los que saben silbar y los que odian que alguien lo haga, y quienes son más de madrugar frente a los que prefieren trasnochar.

Así la vida y las ciudades se van convirtiendo en exactas divisiones que nos parten por la mitad. También el mundo virtual, donde ya es habitual que te pregunten ¿tienes facebook?, ¿usas Twitter?, como una manera de plantear una división brutal entre nuestros modos de vida. Analógicos y digitales son los apocalípticos e integrados de otros tiempos. Y la subdivisión prosigue con nuestros tics y nuestras fobias. Para mí, por ejemplo, el mundo se divide entre la gente que hace el gesto de poner algo “entre comillas” con los dedos de la mano y los que sienten una repulsión inmediata ante esa manía. Pero no es raro que aceptemos que hay dos mundos entre quienes gustan de leer y quienes no, quienes compran un periódico u otro, quienes siguen programas de telerrealidad y quienes detestan ese género. Y así correlativamente hasta que el mundo se acaba en uno mismo, que es el mínimo común divisor de todo planteamiento vital. Dividimos convencidos así de vencer. La idea de compartir nos suena a derrota o al menos a concesión. Puede que de esta forma tenga razón mi amigo y acabemos por abocarnos a la soledad y el aislamiento desde el día mismo en que aprendimos a dividir.

sábado, 23 de febrero de 2013

EL DESTROZO Y EL PORVENIR por David Trueba

Es habitual toparse con la publicidad bancaria y encontrar que el desembarco en Internet de este sector ya es irreversible. Lo llaman banca electrónica por no haberle encontrado otra denominación más brillante. Todos, poco a poco, recurrimos al ordenador para nuestras operaciones y pagos. Quizá también expulsados de las sucursales bancarias, donde te atrapan detectores de metales, puertas automáticas y ya apenas queda nada del paisano que regalaba una docena de huevos de sus gallinas al empleado. Aunque seguimos abriendo la cuenta en el banco al lado de casa por lo que pueda pasar y porque valoramos en mucho ponerle cara a una marca, la distancia se ha agrandado. Reducido el personal a la mínima expresión, transformados también los humanos en cajeros automáticos, puede que sea cuestión de tiempo que todo lo hagamos desde una pantalla móvil. Aunque el dinero en metálico, el oro y las joyas sigan siendo elementos palpables en la sociedad digital. Pero cada vez que un cliente más elige un banco que funciona tan solo a través de la Red, para reducir costes y comisiones a costa de ahorrar en personal, estamos poniendo otro clavo en el entierro del mundo de antaño.

Son muchos los negocios que desembocan en los mares de Internet para sobrevivir o crecer. El bancario no podía ser menos. La cuestión es cómo ha afectado esta revolución al concepto de empleo. En España, donde ni siquiera hay límite para las empresas multimillonarias de hidrocarburos que recurren al sírvase usted mismo para ahorrar en trabajadores, la respuesta es bien sencilla: rondamos los seis millones de parados. Puede que el mundo digital en algunos años genere la oferta de empleo compensatoria, pero no parece que vaya a ser fácil. Las grandes empresas del sector virtual se caracterizan por un enredo social sin límites y una reducción de trabajadores espectacular. Se habla de emprendedores todo el rato para vendernos un optimismo falso, pero si rascas en esas propuestas hay más humo que otra cosa.

Por eso agradecí leer las declaraciones de un inteligente consultor, Luis Martín, de Cabiedes & Partners, en las que aseguraba algo que nadie se atreve a afirmar con tanta claridad: “Internet destroza todas las industrias a las que afecta porque acaba con su margen de rentabilidad”. Si la banca se suma al derrotero que antes tomaron el mundo de la música, de la prensa, de la venta de producto especializado, y pronto librerías y editoriales y el sector publicitario, comprobaremos si es cierto que la asociación con la Red provoca la muerte lenta del viejo negocio. La supervivencia empresarial no entiende de sentimientos ni nostalgias y la banca ha sabido encontrar el lucro en los mercados virtuales, pero es el empleo quien aún anda descabezado. De ahí que todo el mundo reconozca en privado que la gran mayoría de parados mayores de 45 años difícilmente volverán a encontrar un trabajo duradero y estable. El destrozo es histórico, pero lo grave es que muy pocos esfuerzos se dirigen hacia el futuro de verdad, al cambio de paradigma, a la protección del humanismo y las condiciones de vida, a la imaginación necesaria para no dañar al corazón y la esencia de eso que llamamos porvenir.

lunes, 7 de enero de 2013

CON EL MÓVIL POR SOMBRERO por David Trueba

Cada vez que alguien me viene con la cantinela de que sociedad actual está uniformada por el consumo, que ha logrado que todos vistamos igual, seamos clones unos de otros y nos comportemos como esclavos de las modas y las constumbres, les muestro una foto maravillosa de Josep Branguli, ese prodigioso fotógrafo de principios de siglo pasado. La fotos en cuestión muestra la multitudinaria asistencia a una asamblea en la Plaza de Sant Jaume en 1911. Allí se ve una aglomeración ingente de personas que llevan puesto el mismo sombrero al estilo canotier, con la misma inclinación y el mismo porte. Todos idénticos. Resulta tan uniforme que parece casi una fotografía coreográfica. Que gran ojo el del maestro Branguli. Ese sombrero, que pusieron de moda entre Maurice Chevalier y Coco Chanel en los alrededores de la I Guerra Mundial, tuvo que ser muy popular.

Hoy seguimos funcionando de manera parecida. Puede que los mecanismos sean más perversos o más apabullantes. Puede que haya muchos mediso de comunicación y muchas campañas promocionales, pero casi todas acaban en las manos de Google y las dos o tres reinas de este mercado virtual. Cuando ha comenzado el lanzamiento del nuevo iPhone de Apple hemos vuelto a comprobar la fuerza promocional de esta empresa, incluso después de la muerte de su profeta Steve Jobs. Páginas enteras de periódicos y minutos valiosos de televisión dedicados a cómo es, cómo será, funciones y ventajas de la nueva terminal, en un proceso de bombardeo sobre el consumidor ya habitual en estos productos. Supongo que para un fotógrafo de hoy sería algo más difícil lograr esa foto con todos lo ciudadanos en la plaza más importante de la ciudad, con el teléfono móvil levantado en el aire. Pero somos los mismos aquí abajo, eh, con la misma necesidad de pertenecer, de compartir, de ser parte del progreso, la moda, el consumo, llámenlo como quieran. Hasta los que se escapan o escapamos del rebaño somos idénticos a los que creían escapar también del rebaño hace cien años.

El móvil se ha convertido en nuestro instrumento necesario, ya suficientemente glosado. Por complicados que sea llevarlo, por incómodo e insalubre que sea tenerlo siempre a tu lado, dicen que es lo primero que miramos por la mañana y lo últimos por la noche. No es mi caso( el mío tampoco). y supongo que habrá muchos que consideren fundamental ese sentimiento de desnudez que es meterse en la cama con el móvil bien lejos del cuarto. Pero hay algo entre el canotier y el móvil que resulta entrañable. Y son los usos inhabituales, aquellos para los que no fueron creados. El sombrerito y el móvil servían al cortejo, a la seducción, a la vanidad y a establecer un contacto con desconocidos o intimar con quien aún tan sólo tienes una relación superficial. El lenguaje de signos era constante. También para lo contrario. Dicen que el sombrero canotier se usaba como pantalla, se inclinaba para cubrirse cuando topabas en la calle con alguien a quien te importunaba ver. También el móvil sirve para fingir que hablas y liberarte de quien te asalta, para alejarte del grupo o esquivar un encuentro indeseado. Es a veces como el letrero de ocupado en las habitaciones de los hoteles colgando de tu oreja. Ah, el ser humano, qué elemento tan repetido, pero tan fascinante.
Related Posts with Thumbnails